La muerte universal de John Lennon
El viernes pasado decidí que el blog de esta semana iba a tratar sobre la muerte.
Puede atribuirse tan oscura decisión al equilibrio natural del universo (el ying y el yang o como quieran llamarlo).
Era necesario compensar todo lo escrito anteriormente sobre nacimientos.
Yo lo atribuyo a que ese día, al irme de la redacción de la BBC, leí en un cable de agencia escondido entre miles de noticias que ese 8 de diciembre se cumplían 26 años del asesinato de John Lennon.
Aquel día de 1980, yo tenía 8 años y no sabía quién era Lennon ni quiénes habían sido los Beatles.
Aunque mi madre vivió sus 20's en los 60's, no había discos de los cuatro de Liverpool en mi casa. El rock & roll nunca despeinó su cabellera ni ensordeció sus oídos.
La música para mis padres eran las canciones folcklóricas argentinas, las sinfonías clásicas y también -digno de la época- las letras políticamente comprometidas.
Pero recuerdo como si fuera hoy la tristeza de mi madre (pocas cosas nos impresionan tanto de niños como las lágrimas de aquellos que están para cuidarnos y protegernos).
Prendida a los noticieros de televisión, sólo apartaba la vista de las imágenes que llegaban desde Nueva York para llamar por teléfono a sus amigos y compartir sorpresa y dolor.
Ahora que escribo estos párrafos me pregunto cómo habrán cubierto la noticia los medios argentinos de aquella época, censurados y perseguidos por el gobierno militar de entonces.
¿Cuánto habrán podido elogiar a un hombre que por aquellos años componía canciones de paz, informando bajo un régimen que a punto había estado ese 1980 de irse a la guerra contra el Chile de Augusto Pinochet?
Lo que no se me olvida de aquel 8 de diciembre, sentado junto a mi madre mirando informativos en nuestro pequeño televisor 14 pulgadas en blanco y negro, es la percepción infantil de que todo el mundo estaba triste.
Sin saber quién era Lennon, entendía perfectamente lo universal de su pérdida. Sin jamás haber escuchado "Imagine" o "Denle una oportunidad a la paz", fui consciente de lo dolorosa que sería su ausencia.
Yo había llegado a mis 8 años sin sufrir muertes en mi entorno más cercano. Mis dos abuelos habían fallecido antes de que naciera y mis dos abuelas lo harían en mi adolescencia.
Sí había comenzado a preguntar qué pasaba cuando uno moría y a elaborar la angustia de la nada, pero fue aquel día cuando supe lo profundo del vacío que deja la muerte de alguien querido.
Nunca en todos estos años volví a experimentar una muerte tan universal, una pérdida tan colectiva. Murieron escritores, músicos y políticos que admiraba, pero el duelo fue más de unos que de muchos.
Lo único que me recordó un poco aquella impresión de mi infancia fue el accidente fatal que sufrió Ayrton Senna el primero de mayo de 1994, el estupor general por lo ocurrido en aquel Gran Premio de Imola y su masivo funeral por las calles de San Pablo.
Yo no era un fanático del corredor brasileño, mi perfil de espectador ocasional de la Fórmula 1 se correspondía más con la frialdad y la precisión del francés Alain Prost que con la pasión del sudamericano.
Pero eso tienen los grandes ídolos cuando mueren. El poder de vestir de negro no sólo a sus seguidores sino a todos los que supieron de ellos en vida.
Esto reflexionábamos como mis colegas de la BBC el viernes pasado, mientras todos trataban de recordar dónde estaban cuando mataron a Lennon.
La anécdota más interesante fue la de Emilio San Pedro, quien aquel 8 de diciembre se encontraba aquí, en Miami, presenciando un partido de fútbol americano.
Cuenta Emilio que la gente en el estadio se enteró de la noticia a través de los aparatos de radio que habían llevado para escuchar la transmisión del encuentro. Y dice mi colega que un murmullo comenzó a circular por todas las gradas como si se cayeran las piezas de un dominó.
Cuando terminó el partido, sin que a nadie pareciera ya importarle el resultado, todos abandonaron el estadio cabizbajos y con lágrimas en los ojos.
Con esta anécdota abandoné la oficina la madrugada del sábado, convencido de escribir sobre la muerte universal de John Lennon en el próximo blog. Pensaba preguntarles a ustedes si recordaban aquel día o si habían experimentado alguna vez un duelo tan compartido.
Pero el domingo me enteré del fallecimiento en Chile del ex gobernante de facto Auguso Pinochet, una muerte tan distinta de la que yo pensaba escribir.
Ante la magnitud de esa noticia, la cobertura periodística, las necrológicas escritas de antemano y publicadas con premura, ¿qué sentido tenía dedicar un blog a lo ocurrido hacía tanto tiempo frente al Edificio Dakota?
¿Qué tenía en común una muerte llorada por todos con otra que había dejado a los seguidores del ex general con el consuelo de la tristeza y a sus víctimas con el sabor amargo de que se fue a la tumba sin jamás haber sido juzgado?
Nada, pensé, no tienen nada en común, y justamente por eso valía la pena acordarse de John Lennon.